miércoles, 04 de enero de 2006
Por J. Manuel Areces

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Al norte del mar de campos se encuentra Grajal, frontera ultima de León con Valladolid y Palencia, poblado rustico de viejas casas de adobe y tapial, testigos sus monumentos de un pasado glorioso perdido en la noche de los tiempos. Pasear por sus calles es un contraste de sensaciones para el viajero; su silencio, el abandono secular y el melancólico color de sus casas llama a la reflexión. Deambular entre sus señoriales monumentos nos transporta al renacimiento, pocas poblaciones podemos encontrar en un estado tan puro, aún cuando la modernidad ha acabado con bellas casas y nos trae penosas construcciones de nuevo cuño que poco aspiran a mantener el carácter de esta villa.

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Se olvidan ya los alberos, ocres, tierras y el ladrillo castellano por colores fuera de lugar y fachadas dignas de cualquier villorrio progre. Grajal de Campos precisa de un plan de protección efectivo, que exija la construcción con diseños y materiales que respeten el entorno histórico sobre el que se asientan. Bien cierto es que el ayuntamiento bastante tiene con sostener y recuperar el poco patrimonio en pié, y clara es la dificultad de imponer normas a unos vecinos y veraneantes que llevan siglos campando por sus respetos. Pero cierto es también, que esta vecindad en la que poca actividad económica queda, solo puede fijar su fututo en explotar sosteniblemente sus pocos recursos.

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El turismo cultural, la gastronomía y el ecoturismo son las únicas perspectivas viables para esta localidad. Por ello debe respetarse su esencia y buscar formulas para lo nuevo respetando su fisonomía original. En los últimos años desde el ayuntamiento se ha intentado poner en marcha planes de recuperación y racionalización del medio urbano con vistas a generar una industria del ocio que pueda ofrecer un futuro a sus vecinos más jóvenes y frenar la despoblación. Grajal contaba en los años cuarenta con más de mil vecinos, hoy solo trescientos habitan entre sus muros. Apenas unos agricultores, un artesano, dos tiendas y dos bares representan a toda su industria activa.

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Faltan inversiones en Grajal, en el capitulo de recuperación del patrimonio, es donde más activamente se ha estado trabajando, pero existen lagunas en cuanto a la elaboración de proyectos que faciliten infraestructuras básicas para el turista, y formación para los vecinos en cuanto a desarrollo. Ahí merece un tirón de orejas la asociación ADESCAS, este grupo gestiona fondos para el desarrollo en la comarca de Sahagún y cuenta con técnicos capacitados para elaborar planes, que puedan colaborar a mejorar la viabilidad de Grajal, no solo por el interés de su vecindad, sino como recurso imprescindible para la comarca. La realidad es que esta asociación solo actúa como ventanilla burocrática y no interviene en su medio con iniciativas propias dignas de mención. Cierto es que este organismo ha dado dineros para la recuperación del palacio de los condes, pero en cuanto a soluciones técnicas para el desarrollo de la población, cero.

Evidentemente Grajal cuenta con muchos más problemas, comenzando por un ayuntamiento con un presupuesto raquítico, que apenas si puede asumir obras de recuperación, la población no se implica en mejorar su pueblo, y las administraciones hace tiempo que dejaron de creer en el desarrollo de esta villa. Solo se reciben tímidos parches dinerarios que ayudan a tapar algunos agujeros.

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Grajal es un ejemplo paradigmático de la España rural, cuando todo se hunde, y ya no hay nada que arreglar, es cuando se pone el grito en el cielo. Si alguien merece un homenaje por su tesón y su fe, por su amor a Grajal; solo podemos hablar de Francisco Espinosa, su alcalde, y de Antonio Martínez, teniente de Alcalde y mago de las cuentas. Dos jubilados que, lo mismo se ponen a cavar zanjas para arreglar una tubería rota, que reemplazan las bombillas de las farolas o te montan una exposición pictórica. Gracias a estos héroes Grajal de Campos está vivo y le quedan algunas oportunidades de supervivencia. Tiempo es de que los vecinos y demás hijos de Grajal apoyen a estos gestos firmemente, porque el tiempo corre. Tiempo es también, de que algunas señoras con ínfulas culturales en pro del autobombo, y algún promotor del turismo decimonónico y cartelero, cortés solo de nombre, dejen de poner palos en las ruedas del ayuntamiento y del desarrollo local.
Publicado por man1968 @ 9:54  | Cosas de Grajal
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